Saturday night

"You are, and always have been, my dream."
Hay quienes dicen que todo se conoce por medio de la pena, que todo, incluida la satisfacción, se conoce sólo después de haber experimentado el dolor.

Me parece posible pero no cierto. 

Quizá algunos sólo sean conscientes de que tienen algo dentro del pecho cuando éste comienza a doler... pero eso no quiere decir que ocurra lo mismo en todos los casos: algunos notan que están vivos cuando las palpitaciones de su corazón se duplican a causa de una carrera o una mirada. Es claro que a veces el dolor es tan insoportable que no te cabe en el pecho, pero sucede también que la felicidad, sea lo que sea, a veces necesita saltarse la barrera atómica del cuerpo.

Para algunos, la dicha es sólo ausencia de pesar: es éste quien predomina. Para otros, el pesar es sólo ausencia de dicha, ergo el pesar no existe. Supongo que todos hemos asumido una premisa u otra en algún momento de nuestras vidas. También habrá que haberlas variado un poco... pero la esencia de la cuestión es siempre la misma: el sujeto que relativice el asunto y su contexto.

Para mí, asumir y adoptar cualquiera de las dos posturas es un acto mediocre: es preferible crearse una idea propia. Caracterizarla, personificarla -en uno o en otro, no importa- si es necesario o simplemente creérsela.


Esta noche y en este lugar puedo decir con seguridad que tus ojos son mi nirvana.

Una ilusión de 359 páginas

Es difícil empezar a escribir algo acerca de un libro que te deja sin palabras. Es más que probable que encuentren en internet una reseña más objetiva, más técnica y más explícita, pero... en fin. No sé si al decir que me quedé muda, medio eufórica y con la conciencia hirviendo exprese algo. Quizá sí. Tal vez sea necesario agregar que El libro de las ilusiones es, por mucho, el mejor libro que he leído en la vida. Quienes han seguido totalmente los escupitajos digitales de los que he hecho acopio desde hace varios años bajo estos dominios –que han sido dos humanos y un cactus, pero vale– habrán notado que si hubo una vez un post que hablase de una obra –literaria o de otra raza– fue muy raro y hace mucho tiempo. Pero Paul Auster lo merece. 

Empecé a leerlo como se empieza a leer cualquier libro: en cualquier parte. El principio es como el de cualquier libro: un preámbulo equivocado que, además de robar la voz del narrador, se ha querido poner encima el número de un capítulo. Nada fuera de lo común. No obstante, me atrapó y aún no me suelta. Tengo que decir que estoy impresionada: sólo un genio habría podido acabar 359 páginas de una manera tan brillante, tan limpia, y a la vez tan irónica y reflexiva. Sólo un genio podría dar un giro de trescientos sesenta grados y una millonésima y conseguir que lo que está después del 360 tenga peso y desligue el círculo vicioso del nuevo comienzo.
David Zimmer tiene una vida común, hasta que un suceso cambia el curso de su destino: su mujer y sus dos niños fallecen en un accidente de avión. Esto tiene múltiples consecuencias, pero quizá la más notable y curiosa es que él, un padre clase media de sueldo modesto, se convierte en un viudo cuasi-alcohólico adinerado. A partir de entonces sus días se resumen en una embriaguez inconsciente frente a una pantalla y algunas acciones medio sencillas-medio extrañas ejecutadas en el intento de mantener vivos a sus muertos. En un momento cualquiera, Hector Mann, actor de la segunda década de 1900, aparece con su peculiar bigote en el televisor y logra algo sorprendente: sacarle una risita a David. Ese atisbo de humor, esa mínima prueba de vida, marca un 'antes' y un 'después' en su agonía. A partir de ahí, a partir de su propia vida y de la vida de Hector y el enigma de su desaparición, se teje una trama tan variopinta que despierta en el lector amor por el relato en sí, no por los personajes o el autor. Cuando eres testigo de la miseria de Zimmer, cuando te haces imágenes mentales demasiado vívidas de las películas de Hector, cuando lejos de querer ser Alma y su mancha en el rostro entiendes lo que es, lo que siente ella... cuando las letras te atraviesan y la gramática trasciende, cuando te resulta imposible idealizar un personaje porque es tan real, porque ya lo has abofeteado mil veces y abrazado mil más... cuando dejas de leer para permitir que las palabras se te peguen en la piel, ahí es cuando comprendes a Paul Auster y compadeces al errante David Zimmer, rodeado de muerte y hogueras, en su vida y en la ajena. Y te enamoras, no del ritmo ni del argumento o de la innovación estilística, sino de la realidad alterna que, durante varias horas, también fue tu realidad.

Jamás me sentí tan absurdamente vacía al terminar un libro. No sé si se trata del momento en que se presentó y de la espiral espacio-temporal aparentemente relevante de mi vida que abarcó... pero...

The book of Illusions es el mejor libro que leí jamás.

Simple as that

Hoy llegué a la conclusión de que la felicidad y la miseria existen en la medida en que somos capaces de percibirlas. Ser feliz no es un estado perpetuo, sino un instante de plenitud que conjuga perfección y paz.

Soy feliz cuando te tomo de la mano y soy consciente de que eso que tanto me encanta es un cúmulo de electrones y experiencias, y mi temperatura corporal es estable y mi cabeza encuentra lugar en tu hombro y la comodidad es perfecta. Me hago miserable cuando luego de unos minutos también caigo en cuenta de la proximidad inexorable del futuro inmediato que hará que mis dedos y los tuyos tengan que separarse. Y luego me siento y cierro los ojos y pienso en ti y por primera vez en la vida me escurren lágrimas alegres que definen por sí mismas lo hermoso que es compartir tus rosas y tus espinas con alguien que lo merezca.


Vértigo existencial

Es difícil articular palabras en medio de tanta incertidumbre, sin saber si se puede o no hablar de algo por temor a que las frases parezcan baratijas prestadas. Qué tedioso resulta llegar a este punto sin que nadie se atreva a darme una bofetada que de paso me haga sangrar la nariz para ver si todavía vivo y cuestione todos mis prospectos de decisión con ojo de bacteriólogo.  Qué aversión tan infinita a la somnolencia me desviste mientras ideas abstractas embriagan mi juicio y me bajan los párpados con la cadencia de un suspiro transformado en piano.

Qué absurdo suena todo cuando nada se tiene claro. Qué incómodo el peso del pasado inmediato y no tanto.

Qué complicado intentar surgir cuando algo más fuerte tira para abajo.

Don't push me, 'cause I won't go quietly

Llevaba horas bajo el edredón, pero la cama no se calentaba. Su frialdad se había convertido en algo crónico y cutáneo. Se levantó con cuidado para no romperse y se puso a mirar los autos pasar por la avenida pintada en el ventanal. Suspiró. Las lágrimas le resbalaban por las mejillas níveas, y, sin saber por qué, la sangre le había empezado a correr camino abajo por los brazos marcados.

En el piso un charco rojo perdido en un universo más blanco y gélido que la nieve. La sangre, la vida, el deseo, las ganas, revuelta con las lágrimas saladas de tristeza, desolación y necesidad insatisfecha. La mezcla perfecta. Después el vacío.


Y el vacío es el origen.

Entonces se metió a la cama de nuevo después de haber ido y vuelto, de haber intentado volar y desfigurarse el alma contra el suelo. Alguien se había ocupado de calentarle los pies y limpiar el desastre.

Y ella temió por su vida, porque sabía que, en su ausencia, no duraría.


Flashback

Que alguien me diga que ninguna entrada se ha llamado 'flashback', porque entonces... nada, quedaría como la desmemoriada parcial y poco detallista en que me he convertido. 

En fin, acabo de abrir un blog de esos que aún conservan la cajita de música al final lo más vintage que hay por aquí, en este espacio, insisto, de por sí obsoletísimo y lo que ha empezado a sonar ha sido una suerte de detonante de una serie de  recuerdos que no me había molestado en abrir porque no ocupan precisamente el cajón de los más necesarios, los gratos o los martirizantes. Lo digo porque creo firmemente que, inconscientemente, todo ser humano tiene una tendencia de fuerza relativa a clasificar sus recuerdos en un espacio cerebral previamente sectorizado: están las memorias útiles, las que nos jodieron y nos cambiaron, las que evocamos cuando nos apetece ponernos nostálgicos, las que nos sirven de excusa para cualquier neurosis y las que directamente no se nos antoja rememorar jamás. Eso nos permite tener unas cosas más presentes que otras. Y me he ido por las ramas. El asunto es que Eyes on fire me ha devuelto a un pasado lleno de crisis y abstracciones, llantos a solas y obsesiones proporcionales que me enseñaron que, si bien la repetición cíclica infinita de carencia de todo permanece y, una vez aparece, nunca, jamás desaparece, es el asediado casi maldito el único que tiene los medios para reducir la velocidad de esa espiral que lo consume, y sacar un poco la cabeza y respirar el aire contaminado de realidad que al fin y al cabo es lo único que puede, debe y necesita respirar.

Total, que cuando tienes hambre de todo lo que puedes desear comida, belleza, amor, lo único que permanece a tu lado son las palabras que alguien puso en el papel. Los libros son lo único que no va a dejar de funcionar aunque la energía eléctrica falle, los amigos te abandonen, o aunque tengas el cuerpo lleno de heridas autoinflingidas.


¿A qué venía el flashback? Una obra ridículamente popularizada y degenerada que tuve la dicha de leer eones atrás: Crepúsculo. Y digo 'una obra' porque el argumento puede ser negativamente reforzado a más no poder, pero la caracterización de los personajes aunque brillen y sean insuperablemente absurdos, el antagonismo de parajes perfectos y el momento en que se presentó en mi vida me hicieron amarlo y odiarlo a más no poder.

Y que muera de risa quien quiera, que si hablamos de literatura hay que leer de todo.

He dicho.


7

Pensaba comenzar con una introducción larga y compleja, pero ¿qué cojones? Hace un rato devoré mi ordenador de un bostezo y ya ni sé cómo estoy escribiendo.

Hace casi dos años me enamoré de Cortázar. Sus cuentos son increíbles, pero Rayuela es insuperable. En fin, como de todas maneras existe un ser humano al que no cambiaría ni por el mismísimo Julio, me apetece usarlo como excusa para poner un fragmento de la obra —¿o era al contrario?—.

Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano por tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.

Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y nuestros ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.

Sumas mal hechas

Uno no puede describirse si sólo incluye en el prosaico auto-halago lo bueno, lo bonito y las manías coquetas. De hecho, creo que esas muestras de orden higiene -no sólo en el ámbito físico- pueden llegar a incomodar. No por el hecho de mencionarlas, sino porque se me ocurra hacerlo y esperar que eso le dé a la gente una pista más o menos decisiva respecto a lo que soy. Es decir, puedo decir que a veces me cepillo los dientes hasta ocho veces al día, y muchos pueden pensar 'oh, qué chica más limpia', pero la verdad es que, por mucho sabor a Colgate que tenga mi boca, eso no significa nada hasta que confieso que sólo se trata de un descuido debido a una muy posible pérdida de memoria de corto plazo. Ahí sí dije algo.



Últimamente me he dado cuenta de que los negativos también afectan el total de lo que soy. Para definirme tengo que decir que soy bastante inteligente, pero que igual mis neuronas acostumbran a vivirla dando vueltas en círculos y fumándose algo en un rincón de mi cabeza al ritmo de pianos y panderetas y voces de otro planeta.

En fin, suelo ser buena en lo que hago... sobre todo en procrastinar.

Ah, lo olvidaba:

1. Mil gracias al anónimo que, contrario al resto del mundo, disfruta -espero- ultradrogándose con mis notas. Me ruboricé al leer el comentario y todo.
2. Daniel, sé que sabes que sé que sabes que te echo de menos. Y tu actitud frente a ello es bastante cruel, si se me permite mencionarlo.

Y entre aquellas nubes vislumbraste la estrella polar... y algo más

Ah, estas ganas de dar clic en alguna parte y hacerte mío definitivamente que no me dejan en paz.

Si de todos mis delirios y mis cuentos sólo el tuyo ha mejorado el argumento...


Ahora me escondo y te observo y te puedo decir... yo mataré monstruos por ti. Sólo tienes que avisar.

... Ya hace algún tiempo salté y caí justo aquí.

¿Hola?

¿Se me lee? ¿Sí? Qué bueno.

Queridísimo Daniel, vengo a sentar mi voz de protesta por tu blog eliminado. Con todas las veces que yo desaparecí y aparecí bajo nuevas direcciones y nombres e identidades debiste haber adivinado lo más o menos necesaria que es tu historia en la mía.

Un beso y un abrazo enormes, donde sea que estés.

Pd.: Ya, en serio, no seas ridículo. No se grita lo mismo en estos pixeles sin tu corazón y tus pases cortos.

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